Cancún, Q. Roo.— Hay reuniones que trascienden el protocolo porque reúnen a quienes han sido protagonistas de una misma historia. Así ocurrió durante el encuentro de la Asociación Civil Pioneros de Cancún, donde las mujeres y hombres que vieron nacer la ciudad escucharon, a través de una videoconferencia, el testimonio de un cancunense por adopción: Rafa Marín. La distancia física, obligada por compromisos en la Ciudad de México, no impidió que el mensaje encontrara eco entre quienes reconocen que Cancún no se entiende sin la memoria de quienes lo construyeron.
Con la anfitrionía de Guadalupe del Rosario González Gómez, presidenta de la Asociación Civil Pioneros de Cancún, la presencia del presidente de la Asociación de Historiadores de Cancún, Máximo Antonio Calderón Paredes, y de la senadora Anahí González, el encuentro fue también un viaje al pasado. Rafa Marín recordó que llegó a Quintana Roo en 1987, cuando Cancún todavía escribía buena parte de su historia. Aquí encontró oportunidades, levantó su patrimonio, formó una familia y echó raíces: “Aquí hice mi hogar, aquí nació mi hija y aquí quiero terminar mis días”, expresó, sintetizando en una sola frase el vínculo que lo une desde hace casi cuatro décadas con esta tierra.
No fue un discurso para hablar del futuro sin antes mirar el pasado. Fue la narración de una vida que avanzó al mismo ritmo que el crecimiento de Quintana Roo y el reconocimiento a quienes, mucho antes, abrieron brecha entre la selva para hacer posible la ciudad que hoy es referente mundial del turismo. Frente a los pioneros, la historia personal de Rafa Marín encontró un punto de coincidencia con la historia colectiva de Cancún: ambas comenzaron cuando este destino apenas daba sus primeros pasos y ambas crecieron al amparo del esfuerzo de miles de mujeres y hombres que hicieron de esta tierra su hogar.
Al finalizar el encuentro quedó una idea compartida entre los asistentes: la identidad de Cancún no sólo se explica por sus playas o por su desarrollo turístico, sino por las historias de quienes decidieron quedarse para construirla. En ese diálogo entre pioneros y generaciones posteriores, el arraigo dejó de ser una palabra para convertirse en un testimonio vivo de pertenencia a Quintana Roo.

