TRANSPARE CIA
Erwin Macario
Una infortunada opinión emitida por la titular de la Oficina de la Gubernatura, Sylvia Aylin Olvera Pérez, desató los demonios que estaban siendo amarrados por la llamada defensa de las audiencias.
La cercana funcionaria del gobernador Javier May no intentó lastimar tan alto sino responder, tal vez motus propio, a los políticos que enfrentan al gobierno morenista.
Pero sus palabras fueron sacadas de contexto y se la aplicaron, en general, a la prensa tabasqueña, cuando en realidad la funcionaria, que peca de novata, aludía a políticos.
La versión tergiversada de su dicho insultante y peleonero fue desviada a la prensa, que en el clima de plomo y leyes que la atosigan reaccionó de inmediato pidiendo la cabeza de Silvia Aylín, lo que sería un justo castigo y ejemplo si en realidad se hubiera agredido a los periodistas, que ya andamos un poco nerviosos.
La verdad es que sólo se trata del pleito y el escándalo en el que están cayendo los políticos actuales —algunos rancios y borrachos. Eso sí—.
Silvia Aylín, durante una transmisión en vivo realizada mientras acompañaba al gobernador en un recorrido de supervisión por el Parque Museo La Venta, censuró, eso sí, a la “prensa de actores políticos rancios”. Donde se entiende que el despectivo rancio debe aplicarse a ciertos políticos que, como dijera la también lengua larga alcaldesa de Huimanguillo, “ya van de salida”.
“Al Facebook de borrachos”, también debemos traslaparlo a los dipsómanos de las redes. Esos políticos que han invadido las redes y la mayoría de las veces abusan de la libertad de expresión.
Claro que los periodistas andamos escamados. Ya vieron a esas diputadas morenistas poblanas burlándose de los viejos, de los rancios, juzgando que todos olemos mal, lo que no es de todo cierto aunque si se nos considera rancios, como esos contrarios de doña Silvia Aylín y del gobernador May.
Claro que rancio no es tan agresivo. El término se refiere originalmente a los alimentos grasos o al vino que, por el paso del tiempo, han perdido su buen sabor o adquirido un olor y gusto mucho más fuerte. Por extensión, se usa para describir algo muy antiguo, anticuado, pasado de moda o a una persona desagradable, aburrida o antipática. Aunque, no es el caso de Morena, hay quien presumen rancios abolengos.
