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Geopolítica de la energía

En Cambio Diario Por En Cambio Diario
30 mayo 2026
in Opinión
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Geopolítica de la energía

Amos Olvera
Amos Olvera Palomino 

*Analista [email protected]

 @PalominoAmos

La disputa global por energía, minerales estratégicos y corredores de suministro está redefiniendo el equilibrio geopolítico del siglo XXI. Detrás de la llamada transición energética emerge una lucha silenciosa por control industrial, seguridad energética y acceso a recursos críticos en un contexto marcado por el declive relativo del petróleo convencional, el auge del gas natural y la fractura del eje energético euroasiático.

La gran paradoja energética del siglo XXI consiste en que, mientras el mundo insiste en proclamar el abandono de los hidrocarburos, la economía global continúa dependiendo profundamente de ellos. En perspectiva histórica, el verdadero trasfondo de la llamada transición energética parece menos climático y mucho más geopolítico: la pérdida progresiva del control occidental sobre las grandes reservas de petróleo y gas, combinada con el temor silencioso al agotamiento del crudo barato que sostuvo la expansión industrial moderna.

Durante buena parte del siglo XX, las grandes petroleras occidentales controlaban la explotación de la mayor parte de las reservas globales. Sin embargo, a la postre, los Estados productores recuperaron soberanía sobre sus recursos mediante empresas nacionales como Saudi Aramco, Gazprom o Rosneft. Ese cambio modificó profundamente el equilibrio energético mundial.

Derivado de ello, la seguridad energética volvió al centro del tablero internacional. La Cumbre de Río de 1992 y la Agenda 21 impulsaron la narrativa global de descarbonización y desarrollo sustentable, pero paralelamente emergía otra preocupación menos visible: la creciente dependencia occidental respecto a países soberanos capaces de utilizar hidrocarburos como instrumentos de presión geopolítica.

En referencia a ello, la llegada de Vladimir Putin al poder en Rusia representó un punto de inflexión estratégico. Moscú reestatizó activos energéticos clave y consolidó al gas natural como herramienta geopolítica de primer orden. Europa construyó gran parte de su competitividad industrial sobre el suministro gasífero ruso, particularmente mediante el Nord Stream.

Ahí emerge una paradoja claramente vesánica: mientras Europa promovía discursos de transición verde, incrementaba simultáneamente su dependencia del gas ruso. Alemania aspiraba incluso a convertirse en el gran clúster energético continental mediante la redistribución de gas hacia Europa occidental y central.

Por ello, la destrucción del Nord Stream en 2022 representó mucho más que un simple sabotaje. Fracturó el eje energético euroasiático construido durante décadas entre Alemania y Rusia. Europa pasó de recibir gas relativamente barato vía ductos a depender crecientemente de gas natural licuado proveniente de Estados Unidos y Qatar, generalmente a costos más elevados.

Las recientes declaraciones de Serguéi Lavrov, difundidas por Zero Hedge, añaden otra dimensión al conflicto. Según el canciller ruso, Washington buscaría eventualmente adquirir participación sobre la infraestructura vinculada al Nord Stream a precios depreciados. Más allá de las disputas narrativas sobre el sabotaje, el episodio refleja hasta qué punto la infraestructura energética se convirtió en objetivo geopolítico estratégico.

Mientras tanto, otras rutas adquirieron creciente importancia. El TurkStream, que conecta Rusia con Turquía a través del mar Negro y redistribuye gas hacia Grecia y los Balcanes, emergió como una de las principales alternativas para suministro parcial de gas ruso hacia Europa.

Todo ello demuestra que la disputa contemporánea no gira únicamente alrededor de reservas petroleras o gasíferas. También involucra corredores de transporte, terminales de GNL, infraestructura marítima y control logístico de suministro energético.

Paralelamente, el auge del fracking otorgó un respiro estratégico a Estados Unidos. La Cuenca Pérmica sostuvo buena parte del incremento productivo norteamericano. Sin embargo, los yacimientos de esquisto presentan rápidas curvas de declinación, obligando a perforación constante para mantener niveles de extracción comercialmente viables.

Puntualmente ahí reaparece el viejo debate sobre el pico petrolero. El problema nunca consistió en la desaparición inmediata del petróleo, sino en el agotamiento progresivo del crudo convencional barato y de alta rentabilidad energética.

En perspectiva histórica, la realidad que comienza a emerger es contundente: al menos en la actualidad y en el futuro próximo, solamente las naciones capaces de garantizar acceso estable a recursos energéticos, minerales estratégicos y cadenas industriales integradas podrán sostener modelos económicos competitivos y a gran escala.

A la postre, el siglo XXI podría definirse menos por la revolución tecnológica que por la lucha silenciosa entre potencias por asegurar energía, minerales críticos, corredores logísticos y capacidad industrial soberana. Porque detrás de toda transición energética continúa existiendo una verdad elemental: ninguna economía moderna puede sostener poder geopolítico sin energía abundante, relativamente accesible y estratégicamente controlable.

 

Tags: gas naturalpetroleoRusiaUcrania
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