
Amos Olvera Palomino
*Analista [email protected]
Durante años, la transición energética europea se presentó como un modelo incuestionable. Alemania, con su Energiewende, encabezó una narrativa que prometía reconciliar crecimiento económico, descarbonización y seguridad energética. Hoy, sin embargo, esa narrativa comienza a resquebrajarse desde dentro.
El punto de inflexión no proviene de críticos externos, sino del propio establishment. Como documenta el analista energético Tilak Doshi, las declaraciones recientes de la ministra alemana de Economía y Energía, Katherina Reiche, representan una ruptura significativa. Admitir que una transición que ignora los costos del sistema puede “arruinar al país” implica reconocer que durante años se subestimaron variables fundamentales.
El problema no es menor. La expansión de redes eléctricas, la necesidad de respaldo para energías intermitentes como la solar y la eólica, y los costos acumulados del sistema han generado una presión estructural sobre la economía alemana. Lo que se presentó como una transformación ordenada ha derivado, en muchos casos, en un esquema cada vez más costoso y complejo.
Este reconocimiento no surge en el vacío. Con el tiempo, dos factores han evidenciado las fragilidades del modelo.
El primero fue la ruptura energética con Rusia. Durante años, Europa sostuvo un equilibrio implícito: energías renovables en expansión respaldadas por gas ruso barato. Cuando ese suministro desapareció, el sistema perdió su principal amortiguador. El resultado fue inmediato: incremento en los precios, presión sobre la industria y una mayor dependencia de importaciones.
El segundo factor es la creciente inestabilidad geopolítica, particularmente en Medio Oriente. Las tensiones en torno a Irán han impactado directamente en los mercados energéticos globales, elevando costos y reduciendo la previsibilidad. En este contexto, un sistema energético altamente dependiente de condiciones externas revela sus límites operativos.
A estas tensiones se suma un reconocimiento clave desde la propia Unión Europea. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha admitido que haber reducido la energía nuclear fue un “error estratégico”. Esta afirmación confirma que decisiones adoptadas bajo presión política y social terminaron debilitando la base energética del continente.
Sin embargo, para comprender plenamente este proceso, es necesario mirar más atrás.
El paradigma ambiental contemporáneo se consolidó a partir de los años setenta, con informes como The Limits to Growth y la influencia del Club of Rome, así como la Conferencia de Estocolmo de 1972, que dio origen al United Nations Environment Programme. Posteriormente, el informe Our Common Future, encabezado por Gro Harlem Brundtland, consolidó el concepto de desarrollo sostenible.
La Cumbre de Río de 1992 institucionalizó este enfoque a nivel global, dando paso a agendas que, con el tiempo, se consolidaron como marcos de política pública. Sin embargo, en este proceso se produjo una simplificación progresiva: el cambio climático pasó a dominar la agenda, relegando otros temas ambientales igualmente relevantes.
El resultado fue un enfoque cada vez más homogéneo, en el que la complejidad del desarrollo energético quedó subordinada a objetivos normativos. Así, la política comenzó a alejarse de lo viable, desde la ingeniería y la economía, para centrarse en lo deseable.
Hoy, esa desconexión se hace evidente.
Europa enfrenta una paradoja estructural: una economía que demanda cada vez más energía, impulsada por la digitalización, la inteligencia artificial y la electrificación, mientras limita las fuentes que garantizan suministro constante. La intermitencia de las renovables, sin respaldo suficiente, introduce tensiones que ya no pueden ser ignoradas.
En este contexto, las recientes declaraciones desde Berlín no representan un giro ideológico completo, pero sí un primer reconocimiento de los límites del modelo.
La transición energética no desaparece, pero necesariamente deberá redefinirse. La cuestión ya no es únicamente ambiental, sino económica y geopolítica.
Europa se encuentra, así, ante una disyuntiva: persistir en un enfoque que ha mostrado fragilidades o avanzar hacia un modelo más pragmático, capaz de equilibrar sostenibilidad con seguridad energética.
El desenlace, como suele ocurrir, no dependerá de las intenciones, sino de la capacidad de adaptación a la realidad.
