Por Mario Gracida Vera
Vivimos en una época en la que todo parece durar muy poco. Las noticias nacen y mueren en cuestión de horas. Las redes sociales convierten cualquier tema en una narrativa de lo efímero.
Hoy todo parece estar diseñado para durar apenas unos instantes: un video de treinta segundos, una frase viral, una polémica inesperada o provocada, donde pareciera que sólo se puede estar de un lado o del otro. Poco a poco hemos comenzado a creer que las palabras están perdiendo su valor, que comunicar es solamente reaccionar, generar ruido o llamar la atención.
Y, sin embargo, la memoria histórica nos demuestra exactamente lo contrario. Los imperios han caído y otros terminarán derrumbándose con el tiempo. Los gobiernos cambian periódicamente. Las guerras terminan. Pero lo que verdaderamente permanece son las ideas capaces de trascender el tiempo.
Por eso seguimos recordando frases pronunciadas hace décadas —o incluso siglos— aunque ya nadie recuerde el lugar exacto donde fueron pronunciadas.
Muy pocos podrían describir hoy cómo era el lugar en Galilea donde Jesús pronunció el Sermón de la Montaña. Pero dos mil años después seguimos escuchando aquellas palabras tan vigentes en los anhelos de justicia, paz y esperanza, en Medio Oriente y en el mundo:
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.
Ese es el verdadero poder de las palabras, a veces como un susurro; pero siempre capaz de penetrar y tocar el corazón de la conciencia social.
Lo mismo ocurrió con Martin Luther King Jr. Tal vez nadie sepa con exactitud cuántas personas estaban frente a él en Washington, aquel 28 de agosto de 1963. Pero el mundo entero sigue pronunciando una frase inmortal: “I have a dream”.
“Yo tengo un sueño… de que mis hijos vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”.
Vayamos a otro momento de la historia. También ocurrió en México con el presidente Benito Juárez. Pocos recuerdan hoy el desgaste militar y político de la Segunda Intervención Francesa, pero generaciones enteras seguirán citando aquella frase plasmada en el Manifiesto a la Nación, durante la restauración de la República:
“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Al final de cuentas, las sociedades no recuerdan el protocolo ni la fotografía oficial, sino el valor de una narrativa que permite no sólo describir, sino crear y transformar al mundo. El poder de las palabras nos ayuda a entender quiénes somos, con qué soñamos y hacia dónde nos dirigimos.
Y quizá ahí radica una de las grandes confusiones de nuestro tiempo: hemos comenzado a tratar las palabras como objetos desechables.
Hoy vivimos saturados de mensajes, opiniones y confrontaciones desde las redes sociales, donde todo parece convertirse en trending topic. Sin embargo, en medio del ruido y del creciente individualismo, las sociedades comienzan a perder el verdadero sentido y la profundidad de la palabra.
La verdadera narrativa nace de la fuerza moral de las ideas y de aquellas palabras que sobreviven incluso cuando ya no están quienes las pronunciaron. Porque cuando el ruido del presente haya desaparecido, sólo permanecerá aquello que logró convertirse en memoria, dignidad y esperanza para las personas. Así lo intuía el escritor argentino Jorge Luis Borges, al asegurar que el destino de los hombres y las mujeres también está hecho de palabras.
