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Colombia, Perú y las señales de un nuevo reacomodo político

Los casos de Colombia y Perú parecen confirmar una tendencia que comienza a manifestarse en distintos puntos de América Latina: el avance gradual de opciones de derecha.

Amos Olvera Palomino Por Amos Olvera Palomino
20 junio 2026
in Opinión
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Colombia, Perú y las señales de un nuevo reacomodo político

Amos Olvera

Amos Olvera Palomino 

*Analista [email protected]

 @PalominoAmos

Hace algunas semanas observábamos que la elección colombiana podía constituir uno de los síntomas más visibles de un reacomodo político que comenzaba a manifestarse en distintos puntos de América Latina. Aquella reflexión partía de una serie de indicios que, considerados en conjunto, parecían apuntar hacia una inclinación cada vez más perceptible del electorado regional hacia opciones ubicadas a la derecha del espectro político, acompañada por una pérdida gradual de gravitación de las fuerzas centristas. Los acontecimientos recientes en Colombia y Perú ofrecen ahora nuevos elementos para evaluar el verdadero alcance de esa tendencia.

Las cifras son elocuentes. En Colombia, las últimas encuestas conocidas antes de la veda electoral colocaban a Abelardo de la Espriella con una ventaja que oscilaba entre cuatro y ocho puntos sobre Iván Cepeda. La medición del Consejo Nacional de Consultoría le otorgaba 48,6% frente a 44,7%, mientras que Guarumo Ecoanalítica le asignaba 52,6% contra 45%. Más allá de las diferencias metodológicas, ambas coincidían en una misma dirección: un fortalecimiento sostenido de la candidatura conservadora en la recta final de la campaña.

En Perú, por su parte, el escenario parece aún más definido. Con el 99,627% de las actas contabilizadas —92.420 de un total de 92.766— Keiko Fujimori obtiene 9.183.280 votos, equivalentes al 50,113%, frente a los 9.141.715 sufragios de Roberto Sánchez, que alcanza el 49,887%. La diferencia supera ya los 41.500 votos y restan únicamente 346 actas para revisión por parte de los Jurados Electorales Especiales. Aunque el escrutinio continuará hasta alcanzar el 100% de las actas contabilizadas, los datos disponibles hasta el cierre de esta columna indican que matemáticamente una reversión ya no resulta factible.

Es singular que tanto en Colombia como en Perú las contiendas hayan derivado en escenarios de marcada polarización, con sociedades prácticamente divididas en dos grandes bloques políticos. Sin embargo, dentro de esa división emerge un elemento adicional que merece atención: la creciente dificultad de las opciones tradicionalmente ubicadas en el centro para conservar capacidad de gravitación propia.

Durante décadas, amplios sectores de la socialdemocracia y del conservadurismo moderado funcionaron como espacios de articulación política. Hoy parecen enfrentar una pérdida gradual de influencia. Una parte considerable de ese electorado se desplaza hacia posiciones más definidas, particularmente hacia diversas expresiones de la derecha, mientras las opciones centristas encuentran crecientes dificultades para diferenciarse y construir identidades políticas nítidas.

No se trata únicamente de Colombia o Perú. Desde Argentina, con el ascenso de Javier Milei, pasando por el crecimiento de José Antonio Kast en Chile, la derecha latinoamericana ha venido ganando espacios de manera gradual, elección tras elección, avanzando palmo a palmo en escenarios que hasta hace pocos años parecían más favorables para las corrientes progresistas.

Sería simplista interpretar lo que ocurre como un mero desplazamiento mecánico de la izquierda hacia la derecha. Lo que parece emerger es una rejerarquización de prioridades dentro de amplios sectores de la ciudadanía. Cuestiones vinculadas con la seguridad pública, el crecimiento económico, el empleo, la inflación, la migración y la gobernabilidad adquieren una centralidad creciente frente a debates ideológicos que durante años dominaron buena parte de la discusión pública.

Al mismo tiempo, diversos gobiernos identificados con la izquierda enfrentan las dificultades propias del ejercicio del poder. Gobernar implica responder a demandas concretas y administrar expectativas complejas. En varios países, una parte creciente de los votantes parece evaluar menos los discursos y más los resultados tangibles de gestión.

Existe además un elemento cuya influencia sería difícil soslayar. Para amplios sectores de la opinión pública latinoamericana, la experiencia venezolana se ha convertido en un poderoso referente negativo. Durante años, el proyecto impulsado por Hugo Chávez fue presentado por numerosos actores políticos como una alternativa frente a los modelos tradicionales de desarrollo. Sin embargo, el prolongado deterioro económico e institucional de Venezuela y el éxodo de millones de ciudadanos terminaron produciendo un efecto político inverso.

Para muchos ciudadanos de la región, Venezuela dejó de ser una discusión doctrinal para convertirse en una experiencia concreta y visible. De ahí que la expresión coloquial “no queremos ser otra Venezuela” aparezca con frecuencia en conversaciones públicas, redes sociales y campañas electorales. Se trata de una percepción que, acertada o no, ejerce una influencia real sobre el comportamiento político de numerosos electores.

A esta ecuación debe añadirse otro factor históricamente relevante: la influencia de Estados Unidos. Más allá de simpatías o discrepancias con la administración de turno, Washington continúa siendo un actor con capacidad para incidir sobre los equilibrios políticos regionales. La información publicada recientemente sobre las gestiones impulsadas por el secretario de Estado Marco Rubio ante una eventual victoria de De la Espriella ilustra que la dimensión geopolítica sigue formando parte del tablero latinoamericano.

La paradoja radica en que, mientras las sociedades permanecen profundamente divididas, algunas de las respuestas electorales comienzan a mostrar patrones similares. Eventualmente, buena parte de la discusión política regional parece desplazarse desde las tradicionales disputas ideológicas hacia cuestiones mucho más concretas relacionadas con la seguridad, la economía y la capacidad efectiva de gobernar.

Por ahora, Colombia y Perú ofrecen dos fotografías particularmente ilustrativas de lo que está ocurriendo en América Latina. Queda por verse si estos resultados terminarán consolidando una inclinación de mayor alcance o si responden a circunstancias coyunturales propias de cada país. Sin embargo, resulta difícil ignorar que los indicios que semanas atrás parecían dispersos comienzan a adquirir una coherencia cada vez más visible. Eventualmente, será la acumulación de estos casos —y no un resultado aislado— la que permitirá determinar si estamos ante una oscilación temporal o frente a una nueva etapa dentro de las vicisitudes políticas que históricamente han acompañado al continente.

Amos Olvera Palomino 

*Analista [email protected]

 @PalominoAmos

Tags: ColombiaEleccionesopiniónPerú
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