El secretario de Economía de México, Marcelo Ebrard, intervino el martes para desactivar el falso discurso del colapso inminente del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) y redefinir en qué consiste, en su opinión, el auténtico riesgo para la economía del país. Su lectura fue contundente: el escenario adverso no es que el acuerdo se extinga el 1 de julio de 2026, sino que continúe vigente durante diez años sin alcanzar una renovación plena por 16 años adicionales.
Ebrard: el riesgo del T-MEC no es ruptura sino no renovarse. ¿Qué dijo Ebrard y por qué importa ahora?
El funcionario precisó ante empresarios y medios que ninguno de los tres gobiernos signatarios ha presentado una notificación formal de retiro del acuerdo. Esto es relevante porque el propio tratado estipula que cualquier parte que quisiera abandonarlo debía comunicarlo con al menos seis meses de anticipación a la fecha de revisión, plazo que ya venció. En palabras del secretario, esa posibilidad “ya no ocurrió”.
Lo que sí está sobre la mesa es la elección entre dos caminos: una prórroga automática de 16 años, que representa la postura oficial de México, o la continuación del tratado bajo un régimen de revisiones anuales por una década, en caso de que no haya consenso entre las partes para la renovación ampliada. Ebrard dejó en claro que este segundo escenario, aunque mantiene el T-MEC con vida, genera exactamente el tipo de incertidumbre que más daña a la inversión productiva.
El marco legal: el Artículo 34.7 y la cita del 1 de julio
La fecha que concentra todas las miradas está establecida en el texto oficial del T-MEC, específicamente en el Artículo 34.7, que fija el 1 de julio de 2026 como momento para la primera revisión conjunta del acuerdo. En esa instancia, México, Estados Unidos y Canadá deben manifestar si respaldan la extensión del tratado por 16 años —lo que lo haría vigente hasta 2042— o si prefieren dejarlo operar con revisiones anuales durante la próxima década.
Esta arquitectura fue diseñada en la renegociación del antiguo TLCAN, concluida en 2018 durante las administraciones de Enrique Peña Nieto, Justin Trudeau y Donald Trump. El mecanismo de “sunset clause” o cláusula de extinción fue uno de los puntos más disputados en aquellas negociaciones: Washington presionó para incluirla como válvula de presión comercial, mientras que México y Canadá preferían certidumbre de largo plazo. El acuerdo final contempló la revisión cada seis años, con una vida máxima de 16 años renovables si todos aprueban.
Por qué las revisiones anuales inquietan a la industria mexicana
El secretario Ebrard advirtió que un esquema de revisiones anuales, si no está bien delimitado, puede paralizar decisiones de inversión en sectores cuyo horizonte de planeación supera ese plazo. Señaló como ejemplos críticos las reglas de origen, el contenido regional en manufacturas y la producción de acero: tres pilares sobre los que descansa la integración industrial entre México y Estados Unidos, especialmente en el sector automotriz y electrodomésticos.
El funcionario incluso propuso una fórmula para mitigar ese riesgo: separar qué productos o capítulos del tratado quedarían sujetos a revisión anual y cuáles permanecerían estables, de manera que las empresas con inversiones de largo plazo puedan planificar sin depender del resultado de cada ronda de negociaciones. “Si revisas todo cada año, mandas la señal de que nada es estable”, indicó Ebrard según versiones recogidas por medios especializados en comercio exterior.
Para dimensionar la magnitud del intercambio en juego, el comercio bilateral México-Estados Unidos superó los 800,000 millones de dólares en 2023, convirtiendo a ambos países en sus principales socios comerciales recíprocos. México es, según datos de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR), el mayor socio de ese país desde 2023, por encima de China y Canadá.
La estrategia de Ebrard: bajar el riesgo percibido sin bajar la guardia
El posicionamiento del secretario tiene una lógica política clara. En un entorno donde la administración Trump 2.0 ha reinstaurado un discurso proteccionista agresivo, con aranceles generalizados y presiones sobre el origen del acero y el aluminio, México necesita comunicar estabilidad a los mercados sin perder capacidad de negociación.
Al reencuadrar el debate —pasando de “T-MEC sí o no” a “16 años o 10 años con fricciones”— Ebrard logra dos objetivos simultáneos: tranquilizar a inversionistas que temían un escenario de ruptura abrupta, y al mismo tiempo elevar el costo político de no renovar, dejando claro que la continuidad bajo revisiones anuales no equivale a estabilidad plena.
La postura también refleja que México asume como dada la mayor dureza negociadora de Washington y ajusta sus objetivos en consecuencia: ya no aspira a renegociar los términos del acuerdo de fondo, sino a preservar la certidumbre suficiente para que el modelo de integración industrial —que convirtió a México en la principal plataforma exportadora de América del Norte— no pierda atractivo frente a alternativas asiáticas o europeas.
El T-MEC, según la Oficina del USTR, ha generado desde su entrada en vigor en julio de 2020 un crecimiento significativo del comercio e inversión en la región. La revisión de 2026 será la prueba de si ese modelo resiste las presiones del nuevo nacionalismo económico estadounidense o requiere ajustes de fondo.
La cita formal del 1 de julio se acerca. Lo que ocurra ese día no será el fin del T-MEC, pero sí definirá bajo qué condiciones de certidumbre —o de tensión permanente— operará el mayor acuerdo comercial del mundo durante la próxima década.
