
Amos Olvera Palomino
*Analista [email protected]
La energía siempre ha sido un asunto de seguridad nacional. Desde que el petróleo desplazó al carbón como combustible estratégico de las economías industriales y militares, las grandes potencias entendieron que dominar yacimientos, reservas y rutas de abastecimiento era una condición del poder. Las guerras del petróleo del siglo XX —desde las disputas por Oriente Medio hasta la guerra de Irak de 2003— se desarrollaron bajo esa lógica.
Lo que observamos hoy no es el fin de esa realidad.
Es una ampliación de su alcance geopolítico.
La guerra en Ucrania y la crisis abierta entre Irán e Israel —con Estados Unidos involucrado política, militar y estratégicamente en la ecuación— muestran que ya no basta con controlar el recurso. Ahora también hay que proteger la red que le da valor: puertos, oleoductos, gasoductos, refinerías, depósitos, redes eléctricas y centros de distribución.
Como advirtió recientemente Boaz Golany en The National Interest:
“La pregunta central ya no es sólo cuánto cuesta generar energía, sino si una nación puede seguir funcionando cuando varios nodos críticos son atacados de manera simultánea”.
Las guerras energéticas del siglo XX buscaban controlar el petróleo; las del XXI buscan paralizar la estructura que permite extraerlo, moverlo y hacerlo llegar al consumidor. Un país puede conservar sus campos petroleros y sus refinerías y, aun así, quedar inmovilizado si el adversario destruye el oleoducto que conecta la producción con la costa, incendia una terminal de almacenamiento o deja fuera de servicio la red eléctrica que alimenta todo el complejo industrial.
La importancia de un puerto de aguas profundas debe entenderse en ese contexto.
No es simplemente un muelle.
Es un nodo geoeconómico donde convergen terminales de hidrocarburos, plantas de generación, silos de cereales, conexiones ferroviarias, vías de alta capacidad, industrias y almacenes. Golpear ese punto significa afectar simultáneamente suministro, comercio, actividad industrial y abastecimiento.
La nueva escalada rusa sobre Odesa ilustra con claridad esa fragilidad estructural. Analistas occidentales han advertido que esas instalaciones son esenciales para las exportaciones agrícolas ucranianas y para la entrada de divisas que sostiene el esfuerzo bélico. Las rutas alternativas por el Danubio y Rumania tienen límites estructurales: un gran buque cerealero puede cargar cientos de miles de toneladas en una terminal de altura, mientras que sustituir ese volumen exigiría miles de camiones y una infraestructura fronteriza que hoy no existe.
La atención internacional se ha concentrado históricamente en el estrecho de Ormuz, y con razón: por allí transita cerca de una quinta parte del crudo que se comercia por vía marítima y una proporción relevante del gas natural licuado exportado desde el Golfo Pérsico.
Sin embargo, el estrecho de Bab el-Mandeb había permanecido relativamente subestimado. Por esa puerta entre el Mar Rojo y el océano Índico circula alrededor del 10% del comercio marítimo mundial y mercancías por un valor superior al billón de dólares anuales. Una interrupción prolongada obligaría a desviar buques por el Cabo de Buena Esperanza, añadiría hasta dos semanas de navegación y podría empujar nuevamente el barril de petróleo por encima de los 100 dólares.
No se trata necesariamente de un bloqueo absoluto. La capacidad de Ansar Allah, los hutíes, aliado de Teherán y con control de gran parte de la costa occidental de Yemen, para hostigar el tráfico marítimo mediante drones, misiles, minas o amenazas persistentes basta para encarecer seguros, alterar rutas y tensar el comercio mundial.
Ormuz, Bab el-Mandeb y Suez forman casi un triángulo geoestratégico que enlaza el Golfo Pérsico con el Mediterráneo y EuropaEmbarcaciones en el golfo Pérsico se detienen tras cierre del estrecho de Ormuz y escalada del conflicto regional. Del mismo modo que el Bósforo y los Dardanelos han sido históricamente la llave del Mar Negro, Bab el-Mandeb es la cerradura meridional del corredor Mar Rojo–Suez. Todos integran un mismo laberinto geoeconómico que condiciona la circulación de combustibles, alimentos y materias primas.
La energía nunca dejó de ser seguridad nacional. Lo que cambia es la escala de la exposición al riesgo. Cuando una terminal de aguas profundas, una red de transmisión o un estrecho marítimo pueden poner en tensión a medio planeta y disparar el barril de petróleo por encima de los 100 dólares, la seguridad del abastecimiento adquiere una dimensión mucho más amplia que la conocida en las clásicas guerras del petróleo del siglo pasado.
