KILÓMETRO CERO
POR EDGAR FERNANDO CRUZ
27 DE MARZO, 2026.
“El turismo comunitario, un sueño que quiere volverse realidad. La verdad es que es una una idea buena, loable, plausible, que trata de saldar una deuda histórica con las comunidades que de alguna manera por su ubicación, por su historia ancestral, por dónde se asentaron, hoy son los paraísos de México, pero han sido relegadas por el gran turismo. Entonces es una gran deuda histórica que tiene el Estado mexicano con esas sociedades que están en lugares importantes de México, lugares que son muy atractivos para el turismo”.
México se conforma así: por su naturaleza, su clima, su cultura y sus tradiciones. Sin embargo, quienes hemos sido viajeros de este sector sabemos que las experiencias, aunque gratas, suelen ser peligrosas. Es un turismo que todavía necesita de mucha infraestructura, capacitación, marketing y una planeación rigurosa en cada ruta.
El Turismo Comunitario: el concepto
El pasado lunes, la presidenta Claudia Sheinbaum abordó este proyecto y fue clara al definir el camino a seguir:
“¿Qué es el Turismo Comunitario? Se define como un modelo donde las propias comunidades administran los servicios turísticos. Esto incluye:
Comunidades indígenas.
Ejidos y cooperativas ejidales o comunales.
Grupos de personas avalados por su comunidad que desarrollan el turismo para el beneficio colectivo.
Beneficios del Reconocimiento Oficial La formalización de este sector trae consigo ventajas estructurales:
Recursos de la Secretaría de Turismo: Se destinarán fondos para la capacitación, formación, difusión y promoción del turismo comunitario en coordinación con los habitantes locales.
Apoyo de FONATUR: Al contar con más recursos, este organismo podrá brindar un soporte sólido a estas iniciativas.
Diversidad de oferta: Engloba el turismo histórico y rural, permitiendo al visitante aprender de las vivencias y la riqueza natural de las comunidades.”
Suena muy bien, es justo y necesario, pero la realidad en el terreno nos dice que la infraestructura es el gran eslabón perdido.
Recuerdo un viaje de San Cristóbal de las Casas a Zinacantán: apenas 7 kilómetros, pero en carreteras en pésimo estado y con un transporte público deficiente. Al llegar, te ofrecen un desayuno “tradicional” en una casa humilde con una mesa excelsa —aguacate, pipián, huevos, nueces— y una mujer en cuclillas frente al fogón. Es una escena hermosa, acompañada por músicos locales; una fotografía del cine de oro mexicano. Pero es una escenografía creada para el viajero. Hay que tener cuidado: si buscamos realidad, hay que hacer la realidad, y en México la realidad suele ser cruda y dolorosa.
Otro ejemplo es la zona huichol en Nayarit. Desde Tepic hasta Guadalupe Ocotán son 12 horas de terracería. Llegas a una población pequeña que no tiene ni habitaciones ni hoteles. Hay que pedir permiso a la comunidad para quedarse y participar en el viaje a Wirikuta en busca del peyote. Las condiciones no son óptimas; integrar al turista a ese ritual es peligroso en todo sentido y el viajero queda muy expuesto.
El hilo delgado
Existe un hilo muy delgado entre lo auténtico y lo que se crea como escenografía. El desarrollo de este sector debe ser respaldado por inversión real, infraestructura y un programa sólido que cuide la seguridad y la ruta. Visibilizar la necesidad era urgente; ahora toca formalizar, invertir y trazar el mapa de lo posible para que este sueño, finalmente, salde la deuda y se haga realidad.

