KILÓMETRO CERO
POR EDGAR FERNANDO CRUZ
20 DE MARZO, 2026.
El turismo en México se ha convertido en una narrativa de contrastes donde la cifra alegre oculta una vaciedad profunda. Estados como Quintana Roo y Guerrero han erigido sus economías sobre un modelo que, tras décadas de explotación, revela una verdad incómoda: somos ricos en divisas, pero alarmantemente pobres en sustancia cultural.
El Espejismo del Paraíso: Quintana Roo y el turismo capitalista
La retórica del “turismo capitalista” ha dictado las reglas del juego durante medio siglo. Nos hemos especializado en vender una escenografía de barras, piscinas y horizontes de azul turquesa, una oferta diseñada para el visitante que llega en crucero o avión, pernocta un par de noches y se marcha habiendo consumido apenas una caricatura de lo que somos. Es un turismo de “apariencia”, uno que ocurre en hoteles transnacionales y que se mantiene herméticamente sellado, lejos de la verdadera pulsión de la nación.
Recientemente, la secretaria Josefina Rodríguez Zamora ha puesto sobre la mesa el concepto de “turismo comunitario”. La intención es loable: devolverle al viaje su sentido de identidad a través de la cocina, las artesanías y los Pueblos Mágicos. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Qué significa esto realmente frente a un proyecto cultural de la “4T” que se percibe amorfo y debilitado? Si bien el discurso oficial se dice de izquierda, el derecho de los mexicanos a conocer su propio país sigue siendo un privilegio de pocos. La movilidad social a través del viaje es, hoy por hoy, una asignatura pendiente.
El caso de Quintana Roo es, quizá, el más doloroso. A pesar de ser la joya de la corona y de ubicarse geográficamente en el corazón de la Zona Maya, el estado sufre de un vacío cultural crónico. Tras 50 años de desarrollo vertiginoso, su identidad no ha logrado trascender el uniforme de las sandalias y los shorts. Es una región que devora dólares de Canadá y Estados Unidos, pero que no ha sabido —o no ha querido— sembrar una cultura local sólida que resista los embates de la modernidad.
La Delincuencia y la barra libre
Lo que queda cuando se apagan las luces del resort es una sociedad rota. Los datos no mienten: aunque las autoridades presuman reducciones en homicidios (un descenso del 69% a inicios de 2026), la realidad cotidiana del quintanarroense está marcada por la extorsión, el narcomenudeo y una percepción de inseguridad que en Cancún roza el 80%. Es una tierra de contrastes violentos donde conviven el lujo extremo y la delincuencia sin orden, donde los taxis son caros y el tejido social se desmorona entre el consumo de drogas y la falta de arraigo.
El turismo debe dejar de ser solo una actividad extractiva de placer ajeno para convertirse en un motor de movilidad y orgullo propio. Mientras sigamos apostando por la fachada y no por la identidad, Quintana Roo seguirá siendo un paraíso de cristal: brillante por fuera, pero fracturado y vacío por dentro.

