El operativo para rescatar a casi mil perros y gatos del Refugio Franciscano resulta un recordatorio para la Ciudad de México de lo que ocurre cuando un refugio animal se desborda. La antigua asociación, fundada en 1977, se presentaba como espacio altruista para animales abandonados, pero terminó atrapada en una disputa por el predio en Cuajimalpa y bajo señalamientos por insalubridad, hacinamiento y posible crueldad contra más de 900 animales.
Entre jaulas llenas, olores que rebasaban cualquier descripción y una batalla legal con la Fundación Antonio Haghenbeck dio paso a que el lugar dejara de ser sinónimo de rescate y se convirtió en el escenario de cateos, peritajes y denuncias públicas. Las imágenes de perros amontonados y enfermos empujaron al Gobierno de la Ciudad de México a intervenir con un operativo amplio y a colocar el tema del bienestar animal de nuevo en el centro de la agenda.
Clara Brugada anuncia una UTOPÍA canina
Ante la situación, Clara Brugada anunció una UTOPÍA canina como la pieza visible de una respuesta institucional que busca tomar distancia del caos que resultó del Refugio Franciscano. La jefa de Gobierno sostuvo que la prioridad no es el pleito por la tierra, sino el bienestar de los animales, y recordó que la Constitución capitalina reconoce a los animales como seres sintientes.
Según su planteamiento, Clara Brugada anuncia una UTOPÍA canina en la alcaldía Gustavo A. Madero: un complejo que integrará albergue permanente, áreas de estancia para perros rescatados, zonas de entrenamiento y un esquema de adopciones. El proyecto se engancha con la red de UTOPÍAS CDMX, esos espacios urbanos con servicios deportivos, culturales y sociales, emblema de su modelo de ciudad.
Traslados, Ajusco y la Utopía de la GAM
Mientras el diseño de largo plazo toma forma sobre el papel, los perros rescatados ya viven otra historia. Parte de ellos fue enviada al albergue canino del Ajusco, operado por la Secretaría del Medio Ambiente, donde se habilitaron corrales, zonas techadas y atención permanente de personal veterinario. Otro grupo fue llevado de manera temporal a instalaciones dentro de una Utopía en la Gustavo A. Madero, en el Deportivo Hermanos Galeana, entre obras, mallas ciclónicas y espacios adaptados contrarreloj.
Ahí se cruzaron dos miradas. De un lado, el gobierno difundió imágenes de jaulas amplias, supervisión médica y turnos de atención 24/7; del otro, activistas documentaron perros en transportadoras colocadas en una obra en proceso, con ventilación limitada y poco espacio para moverse. El Hospital Veterinario de la CDMX apareció como otro punto de apoyo para casos graves, junto con la Brigada de Vigilancia Animal y algunas clínicas privadas.
Activismo, ley y supervisión pendiente
El conflicto no se detuvo con el retiro de los animales del Refugio Franciscano. Colectivos y rescatistas reclamaron falta de diálogo, exigieron información puntual sobre cada perro y gato y advirtieron sobre el temor a una eutanasia masiva disfrazada de reubicación. Las protestas frente a las nuevas sedes dejaron claro que el tema no se resuelve solo con un cambio de dirección postal para los animales.
Ante esa presión, el gobierno capitalino anunció una iniciativa para regular refugios y albergues: límites de capacidad, condiciones mínimas de alojamiento, supervisión veterinaria constante y sanciones frente al maltrato. Sobre el papel, la “ciudad animalista” que se promete se sostiene en esa combinación de norma, infraestructura y nuevos centros como la Utopía canina. Falta ver si la supervisión será capaz de seguirle la pista a cada perro que salió del antiguo refugio y si ese modelo de cuidado aguanta el paso del tiempo.
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