Qué busca exactamente Trump con Groenlandia
Para entender qué busca exactamente Trump con Groenlandia hay que mirar primero el mapa. Es un trampolín militar y logístico natural entre América del Norte y Europa, y cierra la llamada brecha GIUK (Groenlalandia–Islandia–Reino Unido), un cuello de botella por el que deben pasar los submarinos rusos que salen al Atlántico. Esa franja de mar sostiene las rutas que conectan a Estados Unidos con sus aliados europeos, y desde la Guerra Fría se vigila con radares, patrullas aéreas y sensores submarinos.
El interés de Donald Trump también apunta al cielo. En el noroeste de la isla opera la base de Pituffik, antes Thule, pieza central del sistema de alerta temprana de misiles, defensa antimisiles y vigilancia espacial que alimenta los centros de mando en Norteamérica. La expansión de esa infraestructura, en un Ártico con menos hielo y más tránsito, le permitiría a Washington ver más lejos, reaccionar antes y condicionar el movimiento de otras potencias.
Intereses económicos y batalla por el Ártico
El deshielo abre rutas que hace unas décadas parecían de ciencia ficción. Barcos cargueros empiezan a usar pasajes más cortos entre Asia y Europa, lo que reduce tiempos, costos y, al mismo tiempo, aumenta el valor de cualquier puerto seguro en torno al círculo polar. El subsuelo de Groenlandia, además, guarda hidrocarburos, minerales estratégicos y tierras raras que hoy alimentan industrias de alta tecnología y defensa, desde baterías hasta sistemas de misiles.
La Casa Blanca interpreta entonces que, si Estados Unidos no pisa más fuerte, Moscú o Pekín podrían plantarse ahí vía acuerdos de algún tipo. Trump repite que “necesita” la isla para que ninguna otra potencia se plante allí primero, y sus asesores hablan de reforzar la presencia militar y ofrecer incentivos financieros a los habitantes para que se alineen con Washington.
Tensión con Dinamarca, Groenlandia y la OTAN
Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, con gobierno propio en muchos asuntos internos, pero Copenhague conserva la defensa y la política exterior bajo la égida de la OTAN. Tanto el gobierno danés como el groenlandés han repetido que la isla “no está en venta” y que su futuro no se decide en un regateo bilateral entre Washington y Copenhague.
Los movimientos de Trump ya provocan grietas dentro de la alianza atlántica. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, advirtió que una acción militar estadounidense en territorio danés significaría “el fin de la OTAN”, mientras diplomáticos europeos discuten cómo responder sin romper con su principal socio de seguridad. Varios gobiernos del continente estudian incluso reforzar la presencia de la OTAN en Groenlandia para enviar una señal de que el territorio, por ahora, no se toca.
Lo que se juega en el hielo
El conflicto condensa varias capas: la pugna entre grandes potencias por el Ártico, la defensa de la soberanía danesa y groenlandesa y la fragilidad de una alianza que se pensaba blindada. Mientras tanto, en Groenlandia, una población pequeña carga con el peso de decisiones tomadas a miles de kilómetros, entre presiones económicas, promesas de inversión y el miedo a convertirse en escenario de una disputa que los supera.
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