La captura de Maduro: el futuro energético en disputa, la cual corre en dos carriles que chocan entre sí. De un lado tenemos un país con reservas gigantescas y un mercado petrolero que, por ahora, esta brindando señales mixtas. La operación de Estados Unidos sacudió la política global, pero en las pantallas donde se negocian contratos de crudo, la reacción fue contenida. Venezuela concentra cerca de una quinta parte de las reservas probadas del planeta, aunque hoy aporta menos de 1% al suministro global por el deterioro de su industria por malas decisiones, sanciones y años de desinversión. Esa brecha entre riqueza oculta y producción efectiva explica por qué el sistema energético global aguanta el golpe sobre la mesa dado por Washington no está generando daño, sino más bien se considera un movimiento estratégico tendiente a generar control.
Un mercado con “colchón” de barriles
En las horas posteriores al anuncio, los crudos Brent y el West Texas Intermediate (WTI) se movieron con sobresaltos, pero nada que ver con crisis anteriores en Medio Oriente. Bancos de inversión y casas de análisis describen un mercado con oferta abundante y proyecciones de producción mundial por encima de la demanda en 2026, lo que funciona como un colchón frente a interrupciones puntuales en Venezuela. Ocho grandes productores mantuvieron sin cambios sus planes de bombeo para el primer trimestre, una señal de que, más allá del ruido geopolítico, no ven riesgo inmediato de escasez.
El peso real de Venezuela en el tablero
El contraste entre el poder potencial y el peso real de Venezuela se volvió el dato incómodo de esta crisis. El país acumula alrededor de 303 mil millones de barriles de reservas probadas, pero su producción se hundió tras años de colapso operativo, corrupción y sanciones financieras que cerraron el acceso a capital y tecnología.
Hoy, la contribución venezolana al suministro global se mantiene por debajo del 1%, un nivel que permite al mercado seguir de pie incluso si los flujos se interrumpen unos meses. La discusión de fondo ya no gira solo en torno a cuánto bombea Venezuela hoy, sino a cuánto podría bombear en cinco o diez años si se recompone el aparato petrolero.
Además, el petróleo venezolano, a diferencia del petróleo proveniente de Medio Oriente, es considerado “amargo”, esto es que cuenta con demasiado azufre, por lo que su proceso de refinación es más largo para cumplir con las normas internacionales.
Trump, las reservas y el apetito de las petroleras
En ese escenario, Donald Trump se colocó en el centro del tablero al prometer que Estados Unidos “tomará el control” del petróleo venezolano y llamará a grandes compañías a reconstruir la infraestructura de Venezuela. La idea entusiasma a firmas que durante décadas operaron en la Faja del Orinoco y salieron expulsadas por el chavismo, pero también choca con un terreno minado: riesgo político alto, instituciones débiles para acceder a un crudo que requiere inversiones costosas para ser rentable. Analistas consultados por medios especializados advierten que, sin un nuevo marco jurídico creíble y garantías para repatriar utilidades, cualquier plan de “retorno” masivo de capital va a contar con largo horizonte de inversiones y cuenta con muchas posibilidades de quedar atorado en los trámites.
Wall Street, el “efecto Maduro” y la oferta del futuro
La captura de Maduro: el futuro energético en disputa también se lee en los movimientos de Wall Street. Por un lado, suben las acciones de petroleras y empresas de servicios que podrían recibir contratos si se reabre el sector venezolano; por otro, muchos inversionistas descuentan un posible sesgo bajista de largo plazo, bajo el supuesto de que una Venezuela estabilizada podría duplicar o incluso triplicar su producción con apoyo extranjero. Algunas proyecciones colocan ese salto en un horizonte de cinco a diez años, suficiente para empujar los precios a la baja y obligar a la OPEP a renegociar cuotas si no quiere ver otra vez un exceso de barriles inundando el mercado.
Al final, lo que empezó como una operación militar terminó abriendo una pelea más silenciosa por quién se queda con la renta del subsuelo venezolano. Entre reservas gigantes, infraestructura oxidada y una sociedad exhausta, el futuro energético del país ya no se discute solo en Caracas, sino también en Washington, en las sedes de las petroleras y en los comités que deciden cuánto crudo entra al mercado cada día.
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