México, campeón mundial de un negocio que seca el subsuelo
México ocupa el primer lugar global en consumo de agua embotellada. Alrededor del 81% de la población recurre de forma habitual a botellas y garrafones, y cada hogar destina entre el 5% y el 10% de su ingreso mensual a ese gasto. En los hogares más pobres, el desembolso escala hasta el 20%. Tres corporativos concentran más de 80% del mercado, cuyo valor superó los 66 mil millones de pesos en 2016 con crecimientos cercanos al 7% anual.
Beber agua embotellada liquida los acuíferos de México porque detrás de cada litro envasado hay entre 3 y 7 litros de agua consumidos en extracción, lavado y proceso industrial. Si se suma el ciclo de vida del plástico, la cifra puede llegar a 150 litros. El líquido que llega al consumidor es apenas la punta del iceberg del agua que la industria realmente usa.
El subsuelo bajo presión
Investigaciones de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) documentan que al menos 13 grandes empresas sobreexplotan tres acuíferos en estrés absoluto dentro de la Cuenca del Valle de México, pagando derechos que no compensan el daño ambiental. Mientras colonias enteras sufren tandeos y cortes, las plantas embotelladoras operan con abasto relativamente estable gracias a un régimen de concesiones permisivo y poco transparente.
Un despojo con cifras concretas
Cada día se tiran a la basura alrededor de 21 millones de botellas de plástico en el país, y solo una fracción minoritaria se recicla de forma efectiva. La privatización del agua en México no ocurre en un decreto: se construye botella por botella, concesión por concesión, en territorios donde comunidades con escasez comparten suelo con instalaciones que extraen grandes volúmenes para vender el recurso dentro y fuera de la región.
Por qué la gente no confía en la llave
Desde los años noventa, la epidemia de cólera y diversas crisis sanitarias consolidaron una desconfianza estructural hacia el agua del grifo. Aunque en muchos casos el agua que sale de las plantas potabilizadoras cumple con normas oficiales, la falta de mantenimiento en redes, cisternas y tinacos —sumada a la opacidad en la información de calidad— empuja a millones a comprar un producto hasta 751 veces más caro que el agua de red.
Así, el agua dejó de verse como derecho garantizado por el municipio —como establece el artículo 115 constitucional— y se convirtió en mercancía de primera necesidad. Hablar hoy de Día Cero del Agua no es ciencia ficción: es el escenario al que apuntan las tendencias de extracción si el modelo no cambia.
Qué proponen los especialistas
La crisis hídrica que alimenta este modelo tiene salidas concretas, aunque ninguna es inmediata. En el plano estructural, especialistas proponen revisar el régimen de concesiones, elevar las tarifas de extracción industrial en acuíferos sobreexplotados y obligar a las empresas a invertir en restauración de cuencas. A nivel urbano, la apuesta es recuperar la confianza en el agua de la red: monitoreo público de calidad, inversión en potabilización, bebederos seguros en escuelas y espacios públicos, y filtros certificados en hogares.
Lo que está en juego no es solo un negocio millonario. Es la decisión de si México gestiona —o entrega— uno de sus recursos más críticos.
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