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Nueva fase de la estrategia energética estadounidense: Venezuela como protagonista

Estados Unidos ha entrado en una nueva fase de su estrategia energética. El anuncio de Donald Trump del 27 de agosto sobre un acuerdo con Venezuela, presentado como el mayor acuerdo petrolero de la historia, no debe interpretarse únicamente como una operación destinada a aumentar el suministro de crudo.

Amos Olvera Palomino Por Amos Olvera Palomino
8 septiembre 2026
in Opinión
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Nueva fase de la estrategia energética estadounidense

Amos Olvera

Amos Olvera Palomino 

Analista [email protected]

 @PalominoAmos

Su verdadero alcance se encuentra en la convergencia entre energía, seguridad nacional, inversión y control estratégico de recursos.

Trump afirmó que Estados Unidos obtendría el control mayoritario sobre reservas venezolanas superiores a 65 mil millones de barriles y que el acuerdo contribuiría a reducir los precios de la gasolina. La promesa adquiere particular relevancia cuando el precio del combustible supera los cuatro dólares por galón y la administración enfrenta presión para contenerlo.

Pero entre las reservas existentes y la gasolina disponible en las estaciones de servicio existe una enorme distancia.

Larry C. Johnson, en Sonar21, parte de un análisis de Karl W. Miller titulado Petróleo de Venezuela: el barril físico y la factura de capital. Su argumento resulta fundamental para entender esa distancia: el petróleo crudo es materia prima, no combustible terminado.

La escasez inmediata se concentra en productos refinados, particularmente diésel y combustible para aviones. El crudo venezolano, mayoritariamente pesado y extrapesado, debe ser transportado, mezclado, procesado y sometido a operaciones complejas antes de convertirse en combustible utilizable.

Por eso, disponer de más barriles venezolanos no significa disponer automáticamente de más gasolina.

Charles Kennedy, en Oilprice.com, introduce otro elemento decisivo: la capacidad de refinación estadounidense ya opera prácticamente al límite. La utilización de las refinerías llegó al 97,4% en la semana terminada el 21 de agosto. En esas condiciones, sustituir un tipo de crudo por otro puede mejorar los márgenes de determinadas instalaciones, pero no crea nueva capacidad de procesamiento.

La paradoja es evidente: Washington puede aumentar su acceso al petróleo venezolano sin resolver de inmediato la presión sobre las gasolinas.

Venezuela sí posee, sin embargo, una importancia estratégica considerable. Sus crudos pesados son particularmente compatibles con las sofisticadas refinerías de la costa del Golfo, construidas durante décadas para procesar precisamente ese tipo de materia prima. Una recuperación sostenida de la producción venezolana podría fortalecer la seguridad energética y reducir la exposición a determinados proveedores externos.

El problema es el tiempo.

Rystad Energy estima que la producción venezolana podría aumentar alrededor de 17%, unos 194 mil barriles diarios, hacia finales de 2028. Para alcanzar niveles mucho mayores serían necesarias nuevas perforaciones, reacondicionamiento de pozos, infraestructura, diluyentes y una expansión considerable de las plataformas disponibles.

El propio sector petrolero aporta una señal relevante. ExxonMobil y ConocoPhillips, empresas con experiencia previa en Venezuela, han mantenido reservas frente a una reinversión significativa. El antecedente de las nacionalizaciones de 2007 y las reclamaciones pendientes forma parte del riesgo que cualquier nuevo capital debe considerar.

Michael Kern, también en Oilprice.com, añade otra incertidumbre: la estructura exacta del acuerdo ha sido objeto de versiones divergentes sobre participación accionaria, control de los yacimientos y papel del gobierno estadounidense. La complejidad jurídica y financiera muestra que entre el anuncio político y la ejecución industrial todavía existe un trecho considerable.

Esto no invalida el valor estratégico de Venezuela. Lo que cuestiona es la velocidad con la que ese valor puede convertirse en producción efectiva.

La nueva estrategia energética parece orientarse, por tanto, hacia algo más amplio que asegurar barriles adicionales. Se trata de fortalecer posiciones sobre recursos críticos, cadenas de suministro, infraestructura y capacidad industrial. Venezuela representa una pieza importante de ese esquema, pero no una solución inmediata al precio de las gasolinas.

El petróleo venezolano puede contribuir a modificar el equilibrio energético durante la próxima década. No puede, por sí solo, resolver en 2026 una escasez que tiene su origen también en la capacidad de refinación y en la interrupción de flujos internacionales.

La diferencia entre recurso y suministro, entre reservas y producción, y entre crudo y combustible terminado resulta fundamental.

Ahí está la verdadera dimensión del giro: Washington no solo busca petróleo. Busca recuperar margen estratégico sobre la arquitectura energética que sostiene su poder económico y geopolítico. Venezuela puede convertirse en una de sus principales plataformas para hacerlo, pero transformar esa ventaja geológica en poder energético efectivo exigirá tiempo, capital, infraestructura y estabilidad.

Tags: Estados UnidosopiniónpetroleoVenezuela

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