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Cuando la primacía se convierte en espejismo

La cuestión no comenzó con Donald Trump, aunque algunas de sus decisiones hayan acelerado sus manifestaciones más visibles.

Amos Olvera Palomino Por Amos Olvera Palomino
26 agosto 2026
in Opinión
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Cuando la primacía se convierte en espejismo

Amos Olvera

Amos Olvera Palomino 

*Analista [email protected]

 @PalominoAmos

Hay momentos en la historia de las potencias en que el problema no consiste en perder poder, sino en seguir actuando como si ese poder fuera el mismo de ayer. Estados Unidos parece encontrarse precisamente ante esa disyuntiva: no frente al fin de su condición de gran potencia, sino ante el desgaste de una concepción estratégica construida sobre una premisa que el siglo XXI se ha encargado de refutar.

La cuestión no comenzó con Donald Trump, aunque algunas de sus decisiones hayan acelerado sus manifestaciones más visibles.

El deterioro viene de mucho antes.

Durante aproximadamente un cuarto de siglo, Washington ha acumulado guerras costosas, intervenciones fallidas, compromisos militares crecientes y una política exterior que, en distintos momentos, sobreestimó la capacidad estadounidense para imponer resultados políticos mediante su superioridad militar.

La reciente entrevista de Robert Kagan con Martín Di Caro, publicada por Responsible Statecraft, resulta reveladora precisamente por lo que dice y por lo que intenta dejar fuera.

Kagan no es un observador cualquiera. Fue funcionario del Departamento de Estado y, en 1997, cofundó con William Kristol el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, una de las expresiones más influyentes del pensamiento neoconservador estadounidense.

Hoy rechaza esa etiqueta y se define como liberal.

Puede aceptarse la definición.

Pero la política exterior no se juzga únicamente por las etiquetas que sus protagonistas prefieren, sino por las ideas que defendieron, las decisiones que respaldaron y las consecuencias que produjeron.

Como dice el viejo refrán: si camina como pato, nada como pato y grazna como pato, quizá convenga preguntarse qué es.

La importancia de Kagan, por ello, trasciende su persona.

Representa una corriente intelectual que interpretó la desaparición de la Unión Soviética como algo más que el colapso de un adversario. La convirtió en la demostración histórica de una primacía estadounidense prácticamente ilimitada.

Ahí estuvo el primer error de la ecuación.

Estados Unidos no derrotó militarmente a la Unión Soviética.

La URSS se desintegró bajo el peso de sus propias contradicciones económicas, políticas e ideológicas. Washington contribuyó a presionarla y a contenerla, pero una cosa es contribuir al desgaste de un adversario y otra muy distinta adjudicarse su derrota.

La diferencia no es semántica.

Es estratégica.

Porque de aquella circunstancia excepcional nació una interpretación mucho más ambiciosa: si Estados Unidos había quedado como única superpotencia, podía conservar indefinidamente esa posición, impedir el surgimiento de rivales y organizar el sistema internacional de acuerdo con sus intereses.

Se confundió una coyuntura histórica con una condición permanente.

Se confundió poder con hegemonía.

Y sobre esa confusión se levantó buena parte de la arquitectura neoconservadora.

El siglo XXI comenzó a cobrar la factura.

Irak y Afganistán demostraron que ganar una guerra convencional no significa necesariamente alcanzar los objetivos políticos que la justificaron. Libia dejó otro vacío estratégico. La expansión de China transformó el equilibrio económico y tecnológico. Rusia recuperó capacidad militar y política. Y mientras Washington acumulaba compromisos, el margen relativo de su poder comenzaba a reducirse.

No ocurrió de un día para otro.

Como la célebre metáfora de Ernest Hemingway sobre la quiebra, el deterioro primero ocurre lentamente y casi no se percibe; después, de repente, parece suceder todo a la vez.

Eso ayuda a entender el momento actual.

Trump llegó a la Casa Blanca con una intuición parcialmente correcta: Estados Unidos necesitaba recuperar capacidad industrial, autonomía energética, infraestructura, producción y fortaleza interna.

El problema fue actuar, en algunos escenarios, como si el país conservara todavía las condiciones estratégicas de los primeros años del siglo, cuando George W. Bush inició su mandato y la supremacía militar estadounidense parecía prácticamente incontestable.

El mundo ya no era aquel.

Pero en determinados aspectos, la doctrina parecía seguir instalada allí.

Y también aparecía otra paradoja: unas fuerzas armadas diseñadas para sostener una primacía global enfrentaban un entorno en el que mantener simultáneamente todos esos compromisos resulta cada vez más costoso.

Irán ha hecho visible esa contradicción.

La guerra no puede analizarse solamente como una sucesión de operaciones militares. También debe observarse como una prueba de los límites de la coerción estadounidense.

Eso es precisamente lo que Kagan reconoce parcialmente.

En su entrevista admite que el poder estadounidense puede producir respuestas adversas y que las intervenciones pueden generar consecuencias negativas. Pero esa admisión no llega a convertirse en una revisión completa de la premisa original.

El costo aparece reconocido.

La ecuación, en cambio, permanece.

Y ahí está el problema.

Una estrategia que pretende preservar la primacía mediante el uso reiterado del poder puede terminar erosionando las mismas condiciones económicas, militares, diplomáticas y políticas que permiten ejercerlo.

Es una forma de autofagia estratégica.

No porque Estados Unidos sea la Unión Soviética, sino porque ninguna potencia puede consumir indefinidamente los recursos que necesita para sostener su propia posición.

Tal vez por eso la discusión actual debería abandonar una pregunta demasiado estrecha: ¿qué administración cometió el último error?

La pregunta importante es otra:

¿Qué decisiones acumuladas durante los últimos veinticinco años redujeron progresivamente el margen estratégico estadounidense?

La respuesta conduce mucho más atrás que Trump.

Y también obliga a revisar el supuesto del Nuevo Siglo Americano.

El siglo que pretendía anunciarse nunca llegó en los términos previstos.

La historia, como suele ocurrir, no pidió permiso para cambiar de dirección.

Hoy Estados Unidos sigue siendo una potencia formidable. Pero una potencia formidable no es necesariamente una potencia hegemónica.

Esa distinción puede parecer una sutileza académica.

En realidad, es la diferencia entre diseñar una estrategia conforme al poder disponible o construirla sobre el poder que se quisiera tener.

Y quizá ése sea el verdadero dilema estadounidense: no si todavía puede ganar batallas, sino si ha llegado el momento de reconocer que la era en la que cada batalla podía ser convertida automáticamente en hegemonía pertenece al pasado.

 

Tags: Estados UnidosGeopolíticaopiniónsiglo americano

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